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Amazonas - Colombia

Exploran la biodiversidad de un área protegida que un día le perteneció a la guerra

Aquí el recuento de una expedición científica que, durante 20 días, transcurrió en el Parque Nacional Natural Cordillera de los Picachos, ubicado entre Caquetá y Meta. Por haber sido escenario del conflicto, este sitio se mantuvo invisible para la ciencia y el país durante décadas, pero hoy, después de cinco años de la firma del Acuerdo de Paz, un grupo de exguerrilleros, campesinos y científicos se unieron para descubrirlo.

Por: Laura Villamil Barrera*

Es lunes 19 de abril de 2021. Han pasado 10 días desde que un grupo de 23 personas inició una expedición al Parque Nacional Cordillera de los Picachos, en el piedemonte amazónico, para conocer la biodiversidad de esa área protegida. Dentro de los expedicionarios hay exguerrilleros de las Farc*, representantes de la Asociación Municipal de Colonos del Pato (AMCOP) y de la Cooperativa Manuel Marulanda Vélez (MMAVECOOP), guardaparques de Parques Nacionales, integrantes de WWF Colombia y biólogos e investigadores de la Fundación La Palmita.

Es el día que marca el punto medio de ese viaje que, casi una semana y media después, en un evento de cierre, ellos mismos calificarán como una de las mejores experiencias de sus vidas. Sin excepción.

Es mediodía y, aunque está soleado, prevalece la frescura que nace de los árboles. La mayoría del grupo está disperso: unos buscan el sitio ideal para acomodarse en el campamento y otros tratan de recuperar el aliento después de un trayecto que puede haber variado entre dos y tres horas de acuerdo a la resistencia del caminante. El bosque es un solo estruendo armonioso: habría que tener oído absoluto para captar cuántos sonidos se producen al tiempo: el río, las aves, los insectos, el viento…

— Ustedes son los primeros civiles que llegan hasta aquí. Quienes alguna vez conocieron esto, era porque eran amigos de la guerrilla. Ni siquiera las personas de la región que han querido entrar, han podido hacerlo.

Así lo explica Duverney Moreno, exguerrillero de la Columna Móvil Teófilo Forero, integrante de MMAVECOOP, guía turístico de la empresa Caguán Expeditions y, ante todo, un caminante que difícilmente se agota. Así, sin una señal de cansancio, habla desde las orillas del río Coreguaje después de atravesar esa selva espesa y montañosa que conserva los vestigios de una guerra que conoció muy bien.

— Este fue un lugar en el que guardábamos las remesas. También era un sitio de paso. Uno llegaba aquí y se quedaba un par de días, pero después seguía su camino —, cuenta Duverney, para referirse a un par de casetas rústicas que, antes de “los tiempos de la paz”, se erigieron con vigas de madera debajo de ese bosque en el que la cordillera oriental de los Andes empieza a desvanecerse para darle paso a la legendaria Amazonia.

Las casetas tienen un piso de tablas disparejas y un techo de zinc. Una de ellas fue diseñada como cocina y comedor, con su respectiva división, y la otra fue concebida para “guindar” hamacas e improvisar camas. Ambas son, desde todo punto de vista, el lugar propicio para hospedarse en la selva por varias semanas con el objetivo de conocer las especies de aves, mamíferos medianos y grandes, anfibios, reptiles, plantas, mariposas y murciélagos. Esas que por tantos años estuvieron ocultas del país y de la ciencia por habitar un escenario de trincheras, túneles, enfrentamientos y bombardeos.

Cerros del PNN Cordillera de los Picachos desde El Salto del Venado, uno de los puntos visitados durante la expedición. Pablo Mejía/ WWF Colombia.

Por eso, el solo hecho de llegar hasta allí ya produce aires de triunfo entre los 23 integrantes del grupo que, una semana atrás, empezaron a construir el inventario de especies desde El Salto del Venado, un punto del Parque que les dejó claro, en las piernas y en el espíritu, por qué esa área protegida lleva el nombre de Picachos: cuando se mira con perspectiva es posible ver los barrancos y las múltiples paredes de piedra que podrían ser el sueño de cualquier escalador. O, para el caso de algunos de los expedicionarios, una pequeña pesadilla que marcó la primera gran anécdota del viaje.

—Estábamos intentando instalar unas cámaras trampa y nos alejamos mucho del campamento. Después, al tratar de buscar la salida, decidimos abrir trocha. Lo que nos encontramos fueron unos peñascos que nos obligaron a subir más la montaña para encontrar otro camino. Habíamos salido temprano, después del desayuno, sin comida para el resto del día, pensando que volveríamos pronto. Al final, terminamos saliendo como a las 9:00 p. m. del bosque, con uno de los biólogos ya muy agotado—, recuerda Frellin Noreña, integrante de MMAVECOOP, exguerrillero y guía de Caguán Expeditions, con ese tono victorioso del “haber vivido para contarlo”.

El intercambio de saberes entre biólogos y locales

Al día siguiente del incidente en el bosque, Frellin acompañó a Javier García, biólogo de la Fundación La Palmita y experto en mamíferos medianos y grandes, a otro recorrido para instalar cámaras trampa, esos dispositivos especiales para captar en fotografías la presencia de mamíferos que son casi imposibles de avistar en un recorrido regular, como el tigre mariposo o jaguar, el puma y la danta.

Esta vez los acompañó Pablo Mejía, fotógrafo enviado por WWF, y su presencia resultó casi providencial, pues pudo hacer uno de los mejores registros de la expedición: el de un oso de anteojos que Frellin avistó a una altura aproximada de 30 metros, sobre una rama de un árbol de caucho.

—Él empezó a decir: “¡el oso rial! ¡el oso rial!”. Y yo no sabía lo que estaba diciendo. Cuando lo señaló, entendí que se trataba de un oso de anteojos. Yo llevaba 10 años estudiando a esta especie y no la había podido ver, y nunca se me va a olvidar que eso ocurrió gracias a Frellin, quien tiene un ojo muy clínico, una capacidad de interpretación de rastros muy particular y una lectura del bosque que pocos tienen—, explica García, confirmando en la práctica lo que Miguel Rodríguez, director científico de La Palmita, les dijo a los participantes de la expedición en una charla previa a la salida de campo:

Avistamiento del oso de anteojos (Tremarctos ornatus) en El Salto del Venado, uno de los momentos más memorables de la Expedición Picachos 2021. Pablo Mejía/ WWF Colombia—Nosotros tenemos un conocimiento técnico, pero ustedes tienen información que para nosotros es muy valiosa, por ejemplo, los lugares en los que han hecho avistamientos y los nombres comunes de las especies. Estamos aquí para construir entre todos—, dijo Rodríguez, con el mismo entusiasmo eufórico que caracterizaba el ánimo de los otros cinco biólogos, así como el de los equipos de Parques Nacionales Naturales y WWF, por el hecho de saberse privilegiados: explorarían un área donde pocos habían llegado, guiados por los únicos personajes que habían construido recuerdos indelebles en esos caminos que le pertenecieron a la guerra.

Y así, construyendo entre todos, se establecieron los horarios y grupos de trabajo. Cada dos días, el ornitólogo (Diego Carantón), el herpetólogo (David Sánchez), el botánico (William Trujillo), el entomólogo (Ariel Parrales) y los dos mastozoólogos (Javier García y Miguel Rodríguez), iban cambiando de equipos con la idea de que esos locales expertos en recorrer el monte no solo aprendieran sobre los procesos de avistamiento, colecta y caracterización de especies, sino que compartieran sus conocimientos sobre la biodiversidad del sitio.

De esa manera, mientras los biólogos aprendían sobre la historia natural de las especies que registraban y los saberes ancestrales colectivos, los representantes de AMCOP y MMAVECOOP absorbían información que, según ellos, no solo les serviría para generar conciencia en futuros visitantes de la región sobre el valor inmenso de esa área protegida vecina a sus comunidades, sino también para seguir impulsando, entre los mismos lugareños, acciones de conservación para el sitio.

El conocimiento como una estrategia de conservación

A las 5:30 a. m., cuando el equipo de aves salía con los oídos dispuestos para detectar los cantos de las aves y luego observarlas, Yuli Mora, la encargada de alimentar al grupo en aquellos días de selva, ya había preparado la primera olla de café y repartido varios desayunos. Y, en las últimas horas de la noche, cuando los grupos de murciélagos y de anfibios y reptiles llegaban ansiando la cena, el campamento seguía en movimiento. Todas las horas del día eran aprovechadas.

Ese ritmo de trabajo, al que están habituados los biólogos en cada salida de campo, no fue difícil de seguir por parte de los locales, quienes alimentados por la curiosidad, pero también por la esperanza de convertir esas horas de esfuerzo en conocimiento útil para compartir con futuros visitantes (esta región tiene un gran potencial ecoturístico), ya daban muestras de sus aprendizajes.

—Para capturar las mariposas uno utiliza una red que es como un colador. Después, uno ya las puede mirar de cerca. Eso es muy bonito porque uno siempre las ve volando, pero esta es la primera vez que les puedo ver los detalles, los colores, las formas. Me gustaría mucho que la gente pudiera visitarnos y darse cuenta de la gran cantidad de mariposas que tenemos, pero también de mamíferos y de aves—, decía Lorena Leiva, guía de rafting en Caguán Expeditions y habitante de la Zona de Reserva Campesina Pato-Balsillas, después de una jornada intensa de búsqueda de mariposas junto al biólogo Ariel Parrales.

Precisamente, afianzar ese conocimiento local para promover la conservación del territorio entre comunidades y visitantes, fue uno de los pilares de esta expedición, que fue posible gracias a Áreas Protegidas y Paz, un proyecto apoyado por la Iniciativa Climática Internacional del Ministerio Federal de Medio Ambiente, Conservación de la Naturaleza y Seguridad Nuclear de Alemania, y desarrollado por WWF en alianza con Parques Nacionales, que busca aportar a la conservación de las áreas protegidas y la construcción de alternativas económicas sostenibles con las comunidades que habitan en sus áreas de influencia.

Sobre esto, David Fajardo, oficial de Gobernanza de WWF, asegura que lo que sucedió en Picachos es una muestra de cómo las comunidades que habitan alrededor de un área protegida pueden participar en la producción de información valiosa para tomar decisiones frente al manejo del territorio.

—Este proceso tiene una parte muy fuerte de creación colectiva y un diálogo de saberes igual de valioso entre los locales, investigadores y demás participantes. Todo esto va a servir, por ejemplo, para establecer acuerdos de conservación y producción sostenible, pero también para sensibilizar a posibles turistas y a la misma comunidad frente a la conservación—, cuenta Fajardo.

Frente a esto, Marlodis Esguerra, jefe del PNN Cordillera de los Picachos, explica que “la información recogida en esta expedición aporta diferentes procesos de planificación y manejo enfocados en la conservación y protección del bosque húmedo andino y la cuenca del río Pato, establecidos como valores objetos de conservación del área protegida”.

Al mismo tiempo, agrega que la expedición motiva a los pobladores locales e institucionales presentes en el territorio a apropiarse de la información sobre la biodiversidad relacionada con la flora y la fauna; aporta en la planeación del ecoturismo del área protegida y su zona de influencia; y fortalece el trabajo comunitario con AMCOP y MMAVECOOP, organizaciones interesadas en el desarrollo de actividades sostenibles de turismo naturaleza en la región.

En una fase próxima del proyecto, el equipo científico socializará los resultados de la caracterización biológica con la comunidad y, a partir de esto, aportará un documento diseñado para que tanto locales como visitantes entiendan su papel dentro de la conservación de Picachos y su área de influencia.

La naturaleza y la paz

El Parque Nacional Natural Cordillera de los Picachos resguarda ecosistemas de páramo, bosque húmedo andino, selva húmeda y bosque inundable. Fue declarado en 1970 y, aunque han pasado más de 50 años desde entonces, solo hasta ahora, con esta expedición, pueden llenarse vacíos de conocimiento que lo caracterizaron por décadas.

Durante la Expedición Picachos 2021, entre El Salto del Venado y el río Coreguaje, se registraron cerca de 248 especies de plantas, 376 de mariposas, 26 de anfibios, 10 de reptiles, 275 de aves, 30 de mamíferos medianos y grandes, y 36 de murciélagos. Estos números, así como las confirmaciones de nuevas especies, nuevos registros para el área y categorías de amenaza, seguirán creciendo en la medida en la que avancen los procesos de identificación taxonómica de las especies y se revisen los registros de las 20 cámaras trampa que se recogieron recientemente.

Pero más allá de esos hallazgos que confirman la biodiversidad desbordante de Picachos, están también las historias que lo rodean, por ejemplo, la de cómo los habitantes de la Zona de Reserva Campesina, encabezados por la Asociación Municipal de Colonos del Pato- AMCOP y los guardaparques de PNN, han puesto sus esfuerzos en mitigar amenazas como la deforestación, esa problemática que hoy afecta otras áreas protegidas de la región, como los Parques Nacionales Naturales Tinigua, Serranía de la Macarena y Chiribiquete.

Y en el futuro, Picachos también podría hacer parte de otra historia: la de cómo la conservación de su riqueza, esa que se expande por el territorio sin reconocer los límites del Parque y termina alimentando paisajes tan poderosos como el del río Pato —en el que hoy los exguerrilleros hacen rafting con su equipo Remando por la paz—, permitió que la naturaleza se convirtiera en un medio de subsistencia para las comunidades locales, un escenario para la investigación científica, un destino para los turistas interesados en la aventura, naturaleza y memoria histórica, y una forma de vida en la que, al fin, la guerra quede atrás.

*Periodista en WWF Colombia.

* Los “exguerrilleros” pidieron ser denominados de esta forma.

Tomado de: https://www.wwf.org.co/de_interes/noticias/?uNewsID=368690

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